Aunque pueda no parecerlo, los radares se ponen para tratar de aumentar la seguridad vial, al controlar la velocidad. Sin embargo, muchos de estos cinematógrafos son visibles, colocados en puntos estratégicos y, según los estudios, esto hace que pierdan efectividad. Entre otros motivos, porque los conductores producen el “efecto canguro”, por lo que consideran que hay otras soluciones más eficientes. España cuenta con más de 3.600 radares, ya sean fijos o móviles, repartidos por todo el territorio. El principal objetivo que tiene la DGT con estos cinematógrafos es controlar la velocidad y que los conductores la respeten. Según un estudio de Science Direct, afirmaron que los radares consiguen reducir la velocidad, de media, unos 7,57 km/h. La conclusión a la que podemos llegar es que, realmente, los radares de velocidad sí funcionan.
Al menos, esta es la principal conclusión de una amplia revisión científica que analizó 94 estudios realizados en distintos países para determinar hasta qué punto los radares reducen la velocidad de los vehículos. Los autores concluyen que existe una evidencia sólida y consistente de que los controles automáticos reducen la velocidad media, disminuyen la proporción de conductores que superan los límites legales y mejoran el cumplimiento de las normas de tráfico. Los radares de tramo eliminan el efecto canguro Sin embargo, los conductores suelen reaccionar de una determinada manera al llegar a un radar. Uno de los fenómenos más habituales detectados es el denominado”kangaroo jump” o efecto canguro. Este hecho consiste en que muchos conductores frenan bruscamente al acercarse al radar y vuelven a acelerar inmediatamente después de sobrepasarlo.
En algunos casos, incluso recuperan el tiempo perdido circulando más rápido que antes del control. Los investigadores consideran que este efecto demuestra que un radar aislado puede tener una influencia limitada sobre el comportamiento a largo plazo. Por ello, destacan que los sistemas de control más eficaces son aquellos que generan incertidumbre sobre la ubicación de los controles o que utilizan varios radares consecutivos o de tramo. De la misma manera, también ven como una solución acertada aquellos radares ocultos o menos visibles. Con ellos, el objetivo es generar una reducción de velocidad mayor que los completamente visibles.
La razón es sencilla: cuando el conductor no sabe exactamente dónde está el control, mantiene una mayor cautela durante un tramo más largo de la carretera. Es por eso que los investigadores consideran que los mejores sistemas son los radares de tramo, al considerar que estos ayudan a reducir el efecto “freno y acelerón” típico de los radares fijos convencionales. Además, también favorecen un mejor cumplimiento de los límites durante distancias más largas. Otra conclusión a la que ha llegado el estudio es que, dependiendo de la vía, estos radares tienen más o menos eficacia. De esta manera, los mayores descensos suelen observarse en carreteras rápidas e interurbanas, según el estudio. También muestran buenos resultados en entornos escolares y zonas de obras. Los vehículos pesados suelen mostrar mayores niveles de cumplimiento que los turismos. El efecto puede verse reforzado por malas condiciones meteorológicas, señalización adecuada y programas de control continuados. El estudio también recoge la opinión de los conductores sobre estos dispositivos.
Según alegan en las encuestas, buena parte de los usuarios reconoce modificar su comportamiento por la presencia de radares. Además, también se detecta una aceptación social relativamente elevada de estos sistemas, especialmente entre conductores de mayor edad y mujeres.